lunes, 2 de marzo de 2009

Volver a la realidad


Por Rodrigo Quiroz / Publicado en Diario La Nación

Algunas reflexiones apuntadas bajo un árbol del Parque Forestal para cerrar el verano.
Las últimas fueron semanas extrañas, marcadas por dos hitos de la cultura del espectáculo. La entrega de los premios Oscar y el Festival de Viña número 50 vinieron de la mano, haciendo girar nuestros cuellos al televisor y a la atracción de la alfombra roja con su desfile de ineptos convertidos en héroes por la masa.

Mientras una chica endiabladamente pendeja y borracha se acerca a pedirme un papelillo en el Forestal, pienso en "Slumdog millionaire", el filme que la rompió con ocho premios. Y no en Danny Boyle (su director) ni en el fenómeno de la industria cinematográfica india (Bollywood). No, no puedo sacar de mis neuronas a los niños que la protagonizaron y que en una semana estuvieron en el Teatro Kodak celebrando, luego en las calles de Bombay recibidos cómo próceres y ahora en un aula de escuela pobre, alejados de focos y fama.

A la hora del atardecer, cuando el Forestal se llena de jóvenes bebiendo y caminando en transacciones de ropa, soledades, voluptuosidades y sueños, caigo sobre el Festival de Viña y pescando en el acuario de sus seis noches, saco a Farkas enganchado en el anzuelo de mi misantropía. Y veo su falta de talento, su manía compulsiva de buscar reconocimiento público y ese afán incontenible de convertirse en el campeón mundial del lanzamiento de billetes.

Son dos imágenes cercanas en la fragilidad de la memoria informativa. Ambas portan el código genético de una era extraña. El niño mira desolado el pasado, la luz y el foco. Farkas amenaza con irse a repartir billetes a otro lado.

Hay algo peligroso en los fenómenos adyacentes a la película y al farkismo de Viña. En el filme, la salida a la miseria diaria se encuentra en el azar veleidoso de un concurso de TV ("¿Quién quiere ser millonario?"). En la Quinta, en tener el "rajazo" de toparse con la cabellera rubia corazón de cajero automático.

Hay un peligro que late ahí. Una pulsión por tener, por agarrar sin esfuerzo sin trabajo, sin sudor, sin honor como si la vida se tratara de tener la respuesta a la pregunta millonaria o la fortuna de toparse con el dedo divino de Farkas.

Antes que oscurezca del todo en el Parque Forestal, camino mirando el Mapocho y olfateando el olor de la cannabis que brota en los alrededores.

Los ojos del niño de "Slumdog millionaire" me miran y no tengo respuestas, sólo la convicción de que hay ciertas prácticas que debemos cambiar antes que empiece la tormenta.

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