lunes, 28 de enero de 2008

¡Acabemos juntos!




Adiós Canallas: los últimos brindis en el local de calle San Diego

“Se viene la picota muchachos”, dice Víctor Painemal, “Canalla mayor” y jefe de esa mafia cariñosa que se agrupa en el “Rincón de los Canallas”, lugar clave en la supervivencia de la fiesta bajo dictadura, picada señera que hoy comienza a convertirse en polvo. Si no sabe la contraseña, no siga leyendo.


Por Rodrigo Quiroz Castro
Fotos: Paolo Primavera
Publicado en LCD (La cultura Domingo, Diario La Nación Domingo



La noche muerde la espalda del caminante solitario. Hay sed y toque de queda. Se vive 1980. Pinochet gobierna con balas. Y mientras las siluetas militares dominan las calles, un amante de la noche se detiene en calle San Diego 379. En la cortina metálica que separa al lugar de la avenida hay un orificio. El tipo mete la mano hasta encontrarse con un cordel. Lo jala y suena una campana. Al rato, luego que un perro mira con tristeza al caminante, una voz ronca pero afectuosa, pregunta: ¿Quién vive Canalla?

Y si la contraseña es correcta, Víctor Painemal, "Canalla mayor" y dueño del "Rincón de los canallas", abre la puerta. Así lo viene haciendo desde hace 27 años. Hoy en la era del Transantiago, todavía te da la mano, pregunta tu nombre, te escruta tras su lentes oscuros Ray Ban tipo aviador y te conduce a uno de los calabozos (así llaman los espacios del restaurant). Luego llega la marraqueta, el pebre y el chancho en piedra, la cerveza helada o el borgoña espumoso.

Según el borracho, maestro, escritor y periodista Enrique Symns, el bar es el lugar del encuentro con el otro por excelencia. "Son catedrales", como acota el italiano que pone las imágenes de esta historia. En San Diego, por estos días se termina una historia de encuentros y allanamientos, de longanizas, papas cocidas, risa, llantos de amor y conversaciones. De forajidos y opositores al régimen de Pinochet, de curaos buena onda, de gente que salió al encuentro del otro aunque un milico te volara la cabeza.


¿CUÁL ES LA CONTRASEÑA?

El local nace en 1980. Como "El Rey del pollo asado" funcionaba hasta las 10 de la noche por orden del gobierno. "Estaba prohibido el dominó, el cacho y la brisca, por eso se inventó el cachipún", dice "Canalla mayor". Bajo toque de queda, se acabaron las juntas y la vida nocturna. Ese escenario lo aprovechó comercial y socialmente Víctor. La gente que quería comer, divertirse, conversar o pasar la noche no esperando micro, encontró en el local de San Diego un lugar donde esperar el alba a punta de chancho y alcohol.



"Ahí yo inventé la fórmula y trabajé a la hora de toque", dice Víctor quien después de las 12 de la noche se introducía en el lugar y esperaba el sonido de la campana, y preguntaba ¿Quién vive canalla? La gente llegaba con la respuesta aprendida. A veces no tenían plata y empeñaban cuadros que todavía cuelgan de los muros del local entre cartas de amor, mensajes desteñidos por el tiempo y héroes de la izquierda como el Che Guevara, Salvador Allende o Víctor Jara.

La jarana no paso desapercibida para el gobierno militar. En medio de los perniles empezaron a caer uniformados. Los Canallas fueron allanados 67 veces e incendiados dos. El año 1982 y el 83. La segunda vez fue el 16 de julio y salió en todos los diarios nacionales. La prensa extranjera dijo: "Quemaron la última casa democrática". Painemal trató de levantarse, pero una orden de clausura lo obligó a partir al sur. Tras un año y gracias al apoyo de algunos clientes que se encontraban exiliados en Dinamarca, Suecia, Bélgica, Venezuela, Puerto Rico, México y Canadá, arrendó la casona que hoy ocupa el restaurant. El primero quedaba en la misma numeración, pero más hacia la calle, el de hoy, el comensal lo descubre luego de recorrer un túnel de unos 20 metros.

"El 24 de mayo de 1984 lo bautizamos como el "Rincón de los Canallas", apunta Víctor. Desde ahí los amantes de la noche resistieron a la dictadura y Painemal educó a sus hijos, un contador auditor y una bióloga marina. Hoy, en las tardes, además de asegurar el descanso de su mujer que sufre diabetes, supervisa quién entra y quién sale del local, toma el pulso de la atención al público y algunas tardes, espera a algunos Canallas que nunca retornaron del exilio.


TERRORISTAS

En las noches de clandestinidad, en "Los Canallas" se escuchaba Radio Moscú y Radio Habana. Esas frecuencias le granjearon a "Canalla mayor" y sus secuaces el mote de subversivos y comunistas. "Yo trabajaba y prestaba un servicio y los amigos venían", dice Víctor. El triunfo del No en 1988 en "Los Canallas" fue tremendo. Luego Patricio Aylwin les devolvió la patente y el ministerio del Interior recibió entre sus murallas a muchos retornados que con los años engrosarían las filas del poder.

Antes de la democracia, sin contraseña no entrabas. Tito Arévalo, en ese tiempo conductor del programa de trasnoche de Radio Colo-Colo, transmitía la contraseña: decía "saludamos a la familia Pérez Maturana de Puerto Montt, está lloviendo en Puerto Montt y los canallas siguen igual, muchos saludos a don Roberto ". Luego sonaba la campana y el visitante respondía al "¿Quién vive canalla?", con un "Está lloviendo en Puerto Montt". Las puertas se abrían. Quien no la sabía, no entraba. La contraseña, heredera de la época oscura de la dictadura, siguió siendo característica del lugar. Desde la detención de Pinochet en Londres la contraseña vitalicia es "Chile libre".

Además de los mensajes en muros, otros sobrevivientes de esos tiempos son los menús. Las parrillas despiden olores a carne cocida y llevan nombres nada azarosos. El vietnamita por ejemplo es una parrillada para cuatro "pero comen diez", dice Painemal. El terrorista surgió en periodo de apagones y bombazos y es la mitad del anterior. El Guerrillero comestible en base a cerdo y papas cocidas, es un homenaje a los asesinatos de Parada, Guerrero y Natino. Amon Gelatina, lo puede imaginar el lector. Si no, todavía queda tiempo para conocer el lugar.


"ADIÓS MUCHACHOS"

Don Víctor se pasea con su delantal blanco y saluda con un apretón de manos a todos los que entran al local, que exige contraseña después de almuerzo. A veces queda pegado en un punto inexacto, pues sus gafas ocultan un ojo cegado para siempre por los militares. Sobre el fin del recinto, "Canalla mayor" aclara: "La modernización... estamos en la gran capital, a cuatro cuadras de La Moneda y ocupando un edificio muy añejo, que tiene que ser eliminado. Aquí tienen que construirse edificios grandes. San Diego tiene que reconstruirse y poblarse. En cada cuadra deberían vivir al menos 200 personas y ahora en ésta viven siete personas, dos familias, nada más (incluyendo la suya). Además son todos locales comerciales. Trabajan en el día y se van de tarde. En la noche es un cementerio. El público ya no viene para acá, va a los malls".


Tras 27 años de funcionamiento, la demolición en aras del progreso no parece afectar a Víctor. "El arrendatario me dijo que esto se vendió y que me buscara otro lugar. Lo entiendo, es su negocio. Quedan 5 meses y fracción".

Ahora "Los Canallas" apelan a la historia, a ese buen ánimo en la atención a prueba de dictadores y demoliciones y buscan (12 personas trabajan en el local) un nuevo sitio donde trasladar sus sabores. "Si hay alguien que sepa de otro lugar que me indiquen, para que nos juntemos, para que hagamos un nuevo Canalla, porque necesitamos encontrarnos".

Y para esta primera despedida, Painemal planea hacer eventos mensuales con algunos artistas que lo han contactado. Básicamente el mundo del folclor y algún Quilapayún. Suena el timbre que hace tiempo reemplazó a la campana secreta. Don Víctor se excusa, se acerca a la puerta y grita: ¿Quién vive Canalla?

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