Por Rodrigo Quiroz CastroEse día, el editor pensó por algunos segundos en hacer un “Jerry Maguire” en la pauta. Mirar a la editora de internacional y pese al cariño que sentía por ella, decirle con actitud de Tony Soprano: ‘me importa un pito si Inglaterra quiere robarle un pedazo de Antártica a Chile’. Retrucar al tipo de deportes: ‘me importa un reverendo bledo que la Roja se haya reencantado con el público’ y al boquiflojo y anodino colega de Tribunales: ‘que su puta reforma estaba dejando en libertad a todos los delincuentes’: esos tipos de piel morena, tajos en el torso y las muñecas que han sido amamantados con la leche de Cecilia Bolocco durante tanto tiempo.
De hecho, el editor recordó que mientras caminaba por calle Huérfanos había contabilizado tres lanzazos. Los tres cumas llevaban ropa deportiva y gorros Nike.
Antes, días, horas, tal vez semanas, había discutido junto al director del Diario la cobertura que el medio haría por el cuarto aniversario de la Muerte del Che Guevara. Se lanzaron ideas en reuniones donde sólo el humo del tabaco le recordaba que era humano, se discutió con vehemencia, con esa misma vehemencia con que los maridos impotentes hacen zapping con el control remoto.Los periodistas más gordos y acomodados miraron con tristeza la foto del Che convertida en tatuaje, nick name o polera de Patronato. Los más jóvenes le decían a los testigos y protagonistas de los años de revolución que el Che era el último aliento de dignidad humana en un mundo donde los clonadores de tarjetas cagaban a las abuelitas y los trenes eran abandonados a la mano invisible del mercado, con la ayuda de cerdos que se enriquecían robándole dineros al Estado.
El editor estaba cansado. Hace tiempo que está cansado, es como si las palabras se le chorrearan de la cabeza y la gente le pregunta: ¿estás enfermo?, el editor responde que no, que es el trabajo y un diplomado que se le ocurrió cursar. Así que sacude su cabeza, se moja la cara y el teléfono suena 38 veces. “¡No!”, grita y después se lamenta porque no es un hijo de puta, pero el vertigo, el cierre, la foto que no está y el muerto que maquilla hoy lo convierte en un hijo de puta.
El director le pregunto cuál era su pauta y el respondió que quería hacer algo distinto. Los periodistas y el jefe lo miraron con cara de “la media idea saco de huevas...”, y el editor masticó las miradas y dijo como poseído: vamos a tirar un texto de John Lee Anderson sobre el día su muerte, Luis Navarro nuestro fotógrafo de los muertos de Lonquén, va a analizar las fotos íconos del Che, la del héroe de Korda y la del Che muerto en Bolvia con la cara deforme de tanto tunazo; y un muchacho de Conchalí llamado Ernesto Che Guevara González, contará sus 23 años de vida llamándose como el barbón asmático.
Todos lo miraron y asintieron. No tenían mejores ideas y también estaban cansados. Todos se fueron y el editor quedó sólo mirando la cara del Che. Había dormido mal y sentía que había bajado de un avión luego de 18 horas de viaje. Le palmotearon la espalda los jefes y los subalternos.
Antes de irse del diario llamó al registro civil para que le dieran el dato de la persona que se llamaba Che Guevara. “Es confidencial, no puedes decir cómo te lo conseguiste”, le dijo la voz de metal al teléfono.
El editor dijo: “no te preocupes, sé guardar secretos” y se sintió como un personaje de Chandler en Los Angeles.
Pero no era los Angeles y ya en el Paseo Ahumada volvió a mirar a las viejas gordas con bolsas de Almacenes París, cruzó miradas con lanzas y dijo para sus adentros sin bajar la vista: que sea el otro el que cruce la calle. Se detuvo en las vidrieras de librerías y pensó que tenía abandonado un librito de Chéjov. Vio que tenía que leer 7 entrevistas, dos reportajes, tres columnas de opinión, un perfil y dos ensayos. No quería más guerra.
Dobló en Miraflores y sintió la brisa de la primavera. Casi lo atropella una moto y no le importó. Pensó en su chica tirada en su alfombra verde y quiso abrazarle, morderle el cuello, los ojos.
Caminó por el Parque Forestal mirando a las parejas y sintió envidia por un viejo que miraba pasar la vida en una banca de parque. Cruzando el Puente Loreto miró hacia el Mapocho y vio su foto de portada imposible al lado del río. Su amigo, así le llamaba el editor a un vagabundo que vivía bajo el Río, estaba sentado en un viejo sillón azul mirando fijamente el caudal mugriento del Mapocho. El editor se sacudió el efecto Jet Lag, se acercó a la baranda, marcó el número del departamento de fotografía del diario y nadie contestó. “Conchadesumadre”, se dijo, “Esta es la foto”, alucinado por ese narcótico extraño que a veces se apodera de los contadores de historias frente a una buena escena.
Y el muchacho seguía ahí, al lado del río. Estaba sentado a torso desnudo. Tenía un bidón cerca de la nariz. Tenía la nariz metida en la boca del bidón transparente y un tatuaje del Che Guevara en el brazo izquierdo.
El editor no pudo conseguir esa foto para su pinche suplemento. Caminó deseando que no fuera bencina el contenido del bidón.
Al final publicó una foto común del guerrillero para los 40 años del Che, la otra, la del muchacho del Mapocho, a veces la vuelve a ver cuando cierra los ojos.